Tres adultos recuerdan las cicatrices del 'bullying'

Fecha: 
Domingo, Marzo 11, 2018
Resumen: 

"El bullying empezó sin que me diera cuenta. Era un chiste un día, luego un golpe o empujón. De repente, ves que es algo de todos los días”, dice Ricardo*.

“No me llamaban por mi nombre: me conocían por un apodo que, de manera despectiva, hacía referencia a mi orientación sexual. Me lo enviaban en papelitos, me lo escribían en los cuadernos, y en el casillero. Para la vista y burla de todo el colegio”.

Ricardo tiene 28 años y es, abiertamente, homosexual. Es muy alto, tiene la piel negra, brillante, y dos camanances que se abren como surcos profundos cuando sonríe. Es un hombre que sonríe mucho.

“En la casa me decían que los homosexuales merecen morir y que se van al infierno. Yo solo quería morirme y que todo terminara. Fue chocante observar el contraste entre lo que sufría por dentro, y la poca importancia que la gente le daba. Me preguntaba si estaba exagerando. ¿Por qué yo me siento tan mal mientras todos lo ven como un juego?” , recuerda.

Su historia de bullying duró los tres primeros niveles de secundaria, entre los 13 y 15 años. En ese entonces, era una versión más pequeña y regordeta de quien es ahora.

Los niños que lo etiquetaron con su apodo y vandalizaron su casillero le reconocían sus diferencias como si fueran debilidades.

“Teníamos las mismas clases y habíamos estado juntos desde pequeños, desde el kínder”, afirma. “Empezó en sétimo. Yo los conocía desde toda la vida”.

“Me molestaban porque no era un ‘hombre’ como ellos. No jugaba fútbol en los recreos y era malo en deportes. Tenía sobrepeso. Pasaba mucho tiempo con mis amigas y no con los varones”, describe sobre el rechazo.

Nunca le contó a su familia la situación que vivía en el colegio. Estaba muy asustado y pensaba que podía vivir lo mismo en su hogar.

Como en su casa el abuso pasó desapercibido, también lo hizo en el colegio. Cuando el apodo dejó de ser una ocurrencia y se convirtió en su nombre de pila, no había manera de frenar los ataques.

“Era muy evidente, pasaba muy abiertamente. Todo el mundo sabía: los profesores, mis amigos, incluso en otros grados. No había nada que ocultar”, dice.

“Un compañero me golpeaba y pateaba, me tiraba comida a la cara. Otros me tocaban inapropiadamente en media clase, en las filas del almuerzo y en la clase de educación física. Para humillarme. Exploté un par de veces en lágrimas y gritos durante las clases, pero los profesores no lo veían como algo serio. Recuerdo que uno les dijo ‘deje de molestarlo, compórtese’. Pero nunca había consecuencias reales para ellos”, reclama.

“La sociedad costarricense necesita saber que este es un país que está enfermo, que tiene un caldo de odio y prejuicios que está comenzando a hervir”. Ricardo, sobreviviente de bullying.

El matonismo cesó cuando Ricardo se cambió a una nueva secundaria.

Desde hace unos meses, ahora adulto, asiste con un psicólogo para hablar de esos años y de otros temas de su salud emocional.

La última vez que visitó su antiguo colegio fue meses después de abandonarlo.

“Ahí todavía estaba el nombre en el casillero. No lo habían quitado”.

*El nombre fue cambiado, a solicitud de la persona.

Enlace para reportaje completo aquí

Periodista: 
Natalia Díaz
Periodico: 
La Nación
Sección: 
Suplementos
Temática: 
Educación
Violencia
Social
Categoría: 
Desigualdad
Importancia de Tema: 
Alta con imagen
Modalidad: 
Reportaje
Grupo Etario: 
Niñez
Ubicación Geográfica: 
Todo el país
Actores: 
AMBOS
Instancias Organizacionales: 
Otros